
La necesidad de ser perfectos es una forma de control. Una parte de nosotros que se siente herida cree que "Si soy perfecto (¡lo que quiera que signifique éso para cada uno!), la gente me aceptará, me querrá, me admirará, me aprobará y me prestará atención o me valorará. Entonces me sentiré importante. Siendo perfecto, puedo controlar lo que la gente siente sobre mí". La necesidad de controlar los sentimientos de los otros hacia nosotros proviene de nuestra actitud de otorgarle a los demás la responsabilidad de valorarnos. Tenemos la falsa creencia de que si le caemos bien a alguien, entonces somos valiosos, y podremos ser felices. Pero, la felicidad que se obtiene de esta actitud dura apenas dos segundos, y es agotadora. Tratar de ser perfecto cansa, y las buenas sensaciones que proporciona son efímeras.
Además, tener que ser perfecto para ganar la aprobación ajena frecuentemente hace que uno deje de hacer cosas. El miedo a la desaprobación y el fracaso si no somos perfectos puede ser tan grande que nos impide hacer lo que queríamos. Juzgarse a uno mismo y exigirse hacer las cosas "perfectamente" muchas veces nos retrasa, nos paraliza en vez de llevarnos a la creatividad y la productividad. La perfección no importa , en lugar de permitir que su adicción a ser perfecto lo inmobilice.
No hay comentarios:
Publicar un comentario